Y vino para no ausentarse.

He de confesar que no me lo esperaba y es, quizá, en esos momentos, cuando todo nos da un vuelco. La sorpresa y el desconocimiento lograron que el efecto fuese aún mayor de que lo que hubiese sido normalmente. Y desde que llegó, mi vida no ha vuelto a ser la misma. El miedo me ha cambiado por completo.

Yo no conocía el miedo. Y con esto no quiero decir que haya sido o sea aguerrido o más decidido que el resto del vulgo. Quiero decir simplemente que no se me había presentado jamás ocasión alguna en la que tuviese que enfrentarme a algo temible. En esa etapa de mi vida las palabras temor, miedo o pavor no tenían mayor significado para mí que el atribuido por los personajes de los libros que leía, o más bien devoraba, entre horas y antes de irme a la cama todas las noches. Digamos que tenían un alcance abstracto, intangible y vaporoso, como el amor de la adolescencia, que es siempre un amor inconsciente y descuidado por cuánto hay de desconocimiento; desconocimiento de lo que nunca será, de la incompatibilidad, la infidelidad, el engaño, la decepción y lo importante que es encontrar algo que merezca el esfuerzo para cuidarlo, adorarlo y cultivarlo para evitar el abandono sin remedio.

El porqué de esa inocencia con respecto al temor supongo que tiene una explicación sencilla: mis padres fueron muy protectores. Tanto mi padre como mi madre crecieron en familias acomodadas, algo que, en los años anteriores a la Guerra Civil, venía a sugerir un cierto desentendimiento de los problemas de la vida de a pie. Mi madre, en especial, se crió al calor de una lumbre compartida confortablemente por numerosos miembros. Sus padres, mis abuelos, tuvieron mucho éxito con la apertura del país a la industria y se hicieron con una pequeña fortuna que le incitó a procrear sin demasiada inquietud. El resultado fue una prole de 8 hijos, 3 hombres y 5 mujeres, entre las que estaba mi madre, que era la segunda más joven de la familia. Digo esto como algo importante, porque al ser la séptima, sus padres ya traían consigo una buena cantidad de experiencia e indiferencia a partes iguales con la cría de hijos. Como suele ocurrir en las familias numerosas, la mayor parte de su cuidado y educación procedió de sus hermanos, lo que creó un vínculo especialmente fuerte con ellos.

Mi padre, en cambio, fue hijo único, lo que le convertía en el potencial beneficiario de mucha atención. Una desafortunada complicación en el parto – el médico presente nunca llego a dar con una explicación exacta de lo que pasó – causó que el bebé naciera con el cordón umbilical enredado en el cuerpo. Al salir, la tensión del cordón se elevó de tal manera que estuvo cerca de exprimir hasta el último aliento de los diminutos pulmones. En una maniobra rápida, la matrona presente cortó el cordón, salvando la vida del bebé. Pero la experiencia le dejó con un pulmón tocado que le causaría problemas respiratorios graves durante toda la vida. No podría hacer ningún tipo de ejercicio sin temor a que sus pulmones fallaran y muriera asfixiado. Mi padre se vio obligado a vivir a un ritmo de vida ostensiblemente más lento que el de los demás, grabada a fuego en su fuero interno una frase que mi abuela, su madre, le repitió hasta la saciedad cada mañana hasta que murió: “Ten cuidado hijo, que no lo cuentas.”

Con el estallido de la Guerra Civil en 1936, muchas cosas cambiaron en las vidas de mis padres. La división de España en bandos fratricidas trajo la desgracia para la familia de mi madre, que vio como todos sus hermanos fueron poco a poco víctimas de la irracionalidad de las afiliaciones. Hubo dos que se unieron a la lucha armada y que perecieron o desaparecieron, mientras que el otro y algunas de sus hermanas tomaron el camino del subterfugio, lo que les llevó bien a la cárcel o bien frente a un pelotón de fusilamiento. Quedaron únicamente sus padres, ella y su hermana pequeña. Sabiéndose unidos al destino de su prole en cuanto el bando contrario, cualquiera que fuese, los encontrase, mis abuelos gastaron gran parte de su pequeña fortuna escondiéndose del enemigo, no tanto por lo que quedaba de su prole como por ellos mismos. El dinero pudo comprar cobijo, pero no la tranquilidad y todos vivieron durante meses con un miedo intenso a ser encontrados, un miedo que incrustaba sus zarpas alrededor de su corazón oprimiéndolo sin cesar. Mi madre, sobre todo, sentía auténtico pavor a perder el único verdadero ser querido que le quedaba, su hermana pequeña. Cada mañana se levantaba con una mezcla de sudor frío y agarrotamiento, preguntándose si ese sería el último día que vería a su hermana. Lo que finalmente sucedió meses más tarde, cuando en una mañana en la que la hermana se ausentó de la casa donde se escondían, encontraron su cuerpo inerte en un campo aledaño con dos balazos en el pecho y el rostro marcado por los golpes.

A mi padre las cosas le fueron algo mejor. Mis abuelos vieron las orejas al toro y se aprestaron a comprar todos los beneplácitos y bulos gubernamentales que su dinero les permitió. La labor dio buenos frutos sorprendentemente – y digo sorprendentemente porque una autoridad corrupta es material en venta al mejor postor – lo que ofreció a mis abuelos y mi padre una relativa tranquilidad. Bien es cierto que para mi padre la aprensión relativa a su condición no hizo más que aumentar por cuanto más consciente era de que en el momento de una hipotética huida, no tendría la más mínima oportunidad. Esta certeza le producía verdaderos escalofríos y se halló a menudo subiendo las escaleras de su casa, con la boca seca a causa de su respiración entrecortada y pensando en cómo haría para escapar de los terribles rojos cuando vinieran.

Con este historial, no es difícil comprender que el instinto protector de mis padres se hiperdesarrollara cuando nací. Ahora con perspectiva comprendo que, después de lo sufrido y del tiempo queriendo tener un hijo – mi padre, según cuenta mi madre, no quiso ni hablar de hijos por miedo a que su condición fuese hereditaria – mi llegada desatara una vuelta a las viejas inquietudes. Mi madre vio en mí una representación de todo lo que perdió durante los años salvajes de la guerra y decidió, desde el momento en que me sostuvo en brazos, que nunca permitiría que me separasen de su lado. Mi padre, por otra parte, quiso asegurarse al ciento por ciento que yo tenía una buena salud antes de permitir ninguna actividad que entrañara riesgo alguno. Esto significó para mí no poder abandonar las dependencias de mi casa hasta bien entrada mi adolescencia.

Todo fue preparado en mi casa para tener las mayores comodidades con el menor riesgo posible. A pesar de los expolios de la guerra, ambos pudieron disfrutar de una herencia respetable por parte de sendas familias. Y no repararon en gastos para cerciorarse de que yo jamás sufriera daño. Las necesidades básicas estaban siempre cubiertas y mi padre se centró en enseñarme cómo manejarme de manera segura por la casa. Un profesor, contratado de entre lo más selecto disponible, venía cada mañana para mostrarme los placeres de las ciencias y las letras. Matemáticas, Física, Geografía, Filosofía, Lengua y Literatura eran parte de las lecciones diarias. También venía un maestro pintor y un profesor de música que me enseñaba con paciencia solfeo y piano. La necesidad de actividad física fue algo más difícil, según me contaba mi madre, porque requirió una búsqueda que se tornó lenta, retrasando un poco mi desarrollo muscular y la coordinación. Finalmente vino un rehabilitador físico desde Francia, lo que no fue fácil en época de la dictadura, que se había ganado un nombre a base de utilizar técnicas revolucionarias de entrenamiento, usando los elementos disponibles en el entorno del alumno. Escaleras, sillas y mesas, barandillas y cualquier objeto era un potencial instrumento para ejercitarme. Mis padres decidieron no observar. El miedo a verme caer y sufrir algún daño era superior a lo que podían aguantar.

No recibía muchas visitas más allá de las de mis instructores, en gran parte porque no socializaba con otros niños de mi edad al permanecer todo el día en casa. Fue una ausencia que no noté en exceso ya que mi profesor de literatura hizo un gran esfuerzo en inculcarme un apetito voraz por la lectura. Cada mes recibía una lista de libros, que había sido previamente supervisada por mis padres. Y una vez leído un libro, lo representaba ante el profesor y mis padres. Estas representaciones las viví con gran entusiasmo y excitación y me permitían reproducir las aventuras que, de otro modo, hubiese quedado inertes en mi imaginación. Hubiese utilizado la casa como escenario y atrezzo, pero mis padres decidieron que era mejor no tentar a la suerte con un posible accidente. Mi madre tenía suficiente ración de incertidumbre durante mis lecciones de educación física, decía.

Todo esto a mí me parecía de lo más común. No había conocido nada mejor y mis padres se ocuparon bien en desincentivar cualquier deseo e iniciativa de explorar los límites más allá de los muros de nuestro hogar. Yo acaté con diligencia y sin preguntas, hasta que el miedo de mis padres no pudo superar la quemazón en mi interior que me impelía a salir y aspirar el mundo a bocanadas.

Sucedió a la semana de haber cumplido 16 años. Era inusual que mis padres se ausentaran a la vez de mi casa. Había un acuerdo tácito entre los dos por el cual si uno se ausentaba, el otro quedaría en vigilia por si acaso yo decidía salir de casa, algo que, por otro lado, jamás ocurría. Las invitaciones de familia, las fiestas y las celebraciones se hacían precisamente en nuestra casa para evitar conflictos innecesarios, mientras que las obligaciones hacía otras celebraciones eran conveniente y educadamente rechazadas por uno u otro dependiendo de las circunstancias. Ese día sin embargo, la situación era diferente. Mi padre había sido invitado al funeral de la matrona que le salvo la vida en su nacimiento y con la que había guardado un contacto regular durante muchos años. La especial significancia del evento unido al hecho de que mi padre no se sentía bien desde hacía algunas semanas, compelieron a mi madre a romper el protocolo y acompañar a mi padre, para apoyarlo en lo que, sin duda, iba a ser un momento traumático. Todo quedó decidido y mis padres partieron hacia el cementerio, que se hallaba al otro lado de la ciudad.

Imagino que si mi madre hubiese prestado más atención a ciertas señales, posiblemente no hubiese salido con mi padre dejándome solo y nada hubiese pasado. Pero no fue así. Con los años, tanto ella como mi padre me prestaban algo menos de atención, al suponer que siendo más mayor ya sabría qué decisiones tomar. Y tenían razón, aunque no en la dirección que ellos habrían querido. Los últimos años una idea había ido formándose en mi cabeza: ¿qué habrá más allá? Al principio era un pequeño halo en el conjunto de mis pensamientos, pero los últimos meses, la fuerza con la golpeaba mi cabeza era ensordecedora. Me pasaba noches despierto enfrente de la ventana preguntándome cómo sería la vida fuera de los muros, qué pasaba en el horizonte desconocido que se hallaba en el exterior. Comía menos y leía con mayor aprehensión, esperando, por un lado, encontrar respuesta a mis preguntas y, por otro, matar las horas y apaciguar el torbellino que giraba y giraba en mi cabeza.

Cuando me aposté delante de la puerta abierta para salir, aún tuve un momento de indecisión. La transcendencia del momento me robó el aliento durante unos segundos y me obligó a reunir el aplomo necesario para dar el paso inicial a través de la puerta. No obstante, sabía que lo quería y la perspectiva de encontrarme con todo aquello sobre lo que había leído me daba escalofríos de deseo. Finalmente crucé el vano y aún recuerdo cada segundo de lo que sentí en el momento en que pisé el pavimento de la calle. Muchos sonidos e imágenes se concentraron en unos pocos segundos. Coches, motocicletas, conversaciones, gritos, ladridos, trabajadores, obreros, todo parecía suceder al mismo tiempo. No supe descifrar de dónde y cómo me llegaban los estímulos y la confusión que creaba no hacía sino empeorar la situación. Era un día nuboso y frío de noviembre con viento ligero, pero racheado, que me golpeaba repetidamente en el rostro y se me colaba entre la ropa erizándome la piel por el contraste. Parado en el medio de la acera, miraba a ambos lados intentando poner orden en el mundo que me rodeaba, pero los escalofríos me descentraban y varios transeúntes pasaron delante de mí sin que yo reaccionara. Un hombre me empujó haciéndome tambalear. De repente, todos los peligros que había oído mencionar a mis padres empezaron a cobrar vida en mi interior y mi respiración se tornó rápida y entrecortada. Aturdido aún por la avalancha de sonidos e imágenes, me faltaba el aire para respirar y las piernas comenzaron a flaquear, como negándose aterradas a sostener más el peso de mi cuerpo que cada vez parecía estar más frío. Hubiese dado la vuelta, deseaba con todas mis fuerzas dar la vuelta y volver a traspasar el umbral que conducía a la seguridad de la casa, pero no había comunicación entre mi mente y mi cuerpo. Mis brazos y piernas parecían pesar diez veces más. Los escalofríos continuaron y, en lo que pareció una eternidad, una neblina verde se apoderó de mis ojos y todo oscureció.

Me desperté con una sensación desagradable de ardor en el estómago y desorientación. No sabía dónde estaba y tardé unos segundos en identificar las paredes de mi cuarto. En ese momento me pareció que todo había sucedido hacía unos instantes y el mero hilo de la idea me produjo un escalofrío que me recorrió la espina dorsal produciéndome náuseas. Mis padres estaban, ambos, sentados al borde de la cama, uno en cada lado, con rostro de evidente preocupación y cierta culpa. Podría haber sido esa culpa o la mía propia por defraudarlos, pero en realidad no fue eso. Con una clarividencia que, aun hoy, me sorprende dado el estado de choque en el que me encontraba, supe que no volvería a atravesar el vano de esa puesta jamás. Hasta ese momento no había conocido el miedo. Y una vez vino, lo hizo para quedarse. Por siempre.